Aproveché mi visita al Art Futura de este año para ver el documental El Dibuixant, una cinta retrospectiva sobre la obra de Marcel·lí Antúnez que ya se había presentado previamente en diversos festivales y exposiciones.
He de reconocer que Marcel·lí siempre ha sido un gran desconocido para mí, inclasificable, de difícil digestión, aunque muy mediático, en gran parte por el uso (o abuso) de la tecnología en sus performances. Parazitebots (robots de control corporal), Sistematurgy (narración interactiva mediante ordenadores) y Dreskeletons (interfaz corporal en forma de vestido exoesquelético) son habituales en sus performances mecatrónicas.
Ahondando un poco más en su trayectoria y motivaciones, y más allá de la repercusión mediática y a nivel internacional de sus performances a partir de epizoo, me encuentro con un artista polifacético y extremadamente coherente en todas sus manifestaciones.
Marcel·lí nace en Moià, en el seno de una familia de carniceros, y es en la granja donde transcurre su infancia. Un entorno donde se presenta la naturaleza en toda su objetividad y crudeza, donde Marcel·lí toma contacto directo con la biología, con la carne y los fluidos orgánicos de los animales, al mismo tiempo que experimenta una vida en el campo descontextualizada de su tiempo.
La experiencia de la vida en la granja es clave en la obra de Antúnez, tiene mucho peso, y ha ido adaptándose a su discurso, desde sus obras tempranas en La Fura dels Baus, pasando por sus instalaciones, performances y workshops. Temas como el estudio de la Condición Humana, el miedo, el sexo, la violencia, la muerte, y el paso del tiempo, son habituales en su producción y tratados de manera muy directa, con la tecnología como contraste y manera de ampliar las posibilidades creativas.
Una de las facetas más desconocidas de Marcel·lí es la de dibujante. Sin duda, un excelente dibujante. En ella explota todos sus temas y obsesiones, en un estilo de dibujo que recuerda a l’auca. Aunque, por supuesto, es un auca brutal, descarnada y escatológica. Somete a sus figuras humanas y animales a complicados artilugios y las transforma en mecanismos de creación y destrucción. El dibujo se convierte así en un banco de pruebas para sus performances e instalaciones, pero no deja de ser una expresión artística más con autonomía propia. De hecho, Marcel·lí no ha dejado de dibujar durante toda su carrera, tanto en libretas como en sus llamados libros de artista.
No os perdáis el documental si tenéis oportunidad de verlo. Los dibujos de Antúnez son fantásticos, y es un gustazo ver el proceso de creación y transformación de sus murales.
Enlazo a la galería de fotos en su página web, y a algunos vídeos donde Marcel·lí explota su capacidad de dibujar en formatos grandes: aquí y aquí.
Entrevista aquí.
